
Me encanta porque aunque utilice el humor como excusa, como hilo conductor, al final de cada capítulo hay una especie de mensaje, de moraleja, y muchas veces me veo reflejado en alguna de esas reflexiones.
Fue curioso la forma de enfocarlo. A ver si me seguís sin perderos por el camino, voy a intentar resumirlo;
El capítulo empieza con tres de los protagonistas mirando el vuelo de una mariposa, ésta planea y se posa sobre los pechos de una atractiva mujer (Ejem!), ahí comienza todo. Carla, la mujer de Turc, le grita a éste por quedarse mirando el pecho de la mujer (hombres! ¬¬). El otro protagonista, J.D, se asusta del grito y al volverse derrama una bandeja de café que había en el mostrador. El conserje, enfadado, tiene que ponerse a limpiar el desastre.
Entonces aparece en escena una de las médicas protagonistas, Elliot, buscando ayuda para encontrar el osito de peluche de una niña ingresada a la que le prometió que lo encontraría y que sin él no se siente segura (niños! ¬¬).
Se desencadena la tormenta; Turc (el que miraba la "mariposa") tiene que operar a un paciente pero se ha olvidado su pañuelo de la suerte, con él no ha perdido a ningún paciente y le dice a su mujer, Carla, que vaya a casa a por él. Cuando ésta llega a casa se encuentra una chocolatina debajo del sofá y cuando va a darle un bocado suena el teléfono; Elliot la necesita para encontrar el peluche así que Carla, sin darle un bocado a la chocolatina, se vuelve al hospital (es enfermera) y se olvida el pañuelo de Turc, su "pañuelo de la suerte".
Finalmente, Elliot no es capaz de encontrar el osito de peluche y falla a su paciente mientras que Turc, enfadado con Carla por haber olvidado su pañuelo de la suerte, va hacia el quirófano a operar a un hombre al que había que estirparle el bazo.
La operación sale mal, el hombre muere, Turc no puede hacer nada.......
De repente volvemos al principio del capítulo, el vuelo de la mariposa....
Poco después Carla va a casa a por el pañuelo de la suerte de Turc y encuentra la chocolatina debajo del sofá pero esta vez el teléfono no suena (Elliot ya no la necesita porque el conserje la está ayudando a buscar el osito de peluche) y Carla le da un bocado a la chocolatina con las consiguientes arcadas (qué esperabas, estaba debajo de un sofá, un poco de por favor!!!).
Con cara de asco y ganas de vomitar se levanta corriendo para ir al baño y allí encuentra el pañuelo de la suerte de Turc.
Así pues, vuelve al hospital con el pañuelo "mágico" mientras Elliot y el conserje encuentran el osito y se lo entregan a la niña.
En él se nos presenta a un guardavías que vive atemorizado por las "visitas" de un fantasma cuyas apariciones son sucedidas por terribles catástrofes. El fantasma parece prevenirle ante un peligro inminente pero no con la suficiente claridad como para que el pobre guardavías pueda evitarlo.
Finalmente, el fantasma vuelve una tercera vez para advertirle pero una vez más el guardavías asiste a una representación llena de desesperación por parte de su visitante, sin entender la raíz del peligro, y esta vez la tragedia se abate sobre la figura del guardavías que acepta impasible su destino, resignado, derrotado.... porque a veces, supongo, nos rendimos, nos dejamos llevar por la marea, dejamos de luchar, perdemos la batalla antes si quiera de empezar la guerra, pensamos que tal vez es el destino que merecíamos, por terrible que sea, y que no merecemos nada mejor....
Supongo que es mejor creer que somos dueños de nuestro destino y que todo el peso de éste recae sobre nuestros hombros, nuestros actos y nuestras decisiones.
Y digo que es un pensamiento alentador porque, lo que de verdad me asusta es ese miedo que a veces me atenaza, esa sensación de fatalidad que a veces tengo, que todos tenemos alguna vez supongo, esa sensación de que hagas lo que hagas no hay remedio, no hay escapatoria, no depende de ti, de que en ocasiones, simplemente, no podemos cambiar nuestro destino porque somos atraídos hacia él sin poder hacer nada, nos arrastra con una fuerza irresistible y da igual si la mariposa se posa aquí o allá, da igual cuantos caminos y posibilidades se abran ante nuestros ojos, con pañuelo de la suerte o sin él, a veces, el final, es siempre el mismo.




